La primera noche del bebé en casa: pesadilla en Elm Street

En un artículo anterior te hablaba de la sensación de responsabilidad que se te viene encima el primer día que tienes el bebé en casa. En este voy a hablar de los escalofríos que puedas llegar a sentir en la primera noche que pasa tu hijo en casa.

El primer día transcurre tranquilo, con la emoción contenida, sensación de responsabilidad y curiosidad a partes iguales. Pero llega el momento de irse a la cama. Voy a intentar describirlo tal cual lo viví.

Vamos a la cama, que hay que «descansar»

El momento se acerca. Te acuerdas de lo que hacías con tus padres y le das un beso a tu hijo y le deseas buenas noches. Él está completamente dormido y tú crees que va a ser pan comido. Total, por la noche lo que se hace es dormir, ¿no?

Te metes en la cama, estás cansado pero despierto por la emoción y la excitación del día. Le das un beso a tu mujer y cierras los ojos. Curiosamente, no te das la vuelta en la cama. Es el subconsciente que todavía no ha permitido que te relajes. Dicen que la naturaleza es sabia, por algo será.

De repente, te das cuenta de algo curioso. Llevas todo el día con tu hijo y creías que, cuando dormía, era muy silencioso. De repente, sus gemidos, carraspeos y ruidos varios parecen estar amplificados. Ya no oyes otra cosa que la amplia gama de ruiditos que un recién nacido es capaz de emitir.

¿Por qué hace esos ruidos?

Comienzas a tener una extraña sensación de intranquilidad. Abrumado por la responsabilidad e inquieto por los ruidos que emite el bebé, te das cuenta de que va a ser prácticamente imposible conciliar el sueño esa noche. A todo esto, hay que unir el miedo a hacer mal las cosas. Has estado un par de días en el hospital asistido por médicos y enfermeras, y ahí te sentías seguro. De repente, te sientes abandonado, estás solo ante el peligro. Menos mal que está tu mujer, que si no…

Agobiado por los ruiditos, de repente se hace el silencio. En vez de relajarte, el silencio tiene el efecto contrario: te pones todavía más nervioso. ¿Qué está pasando? ¿Habrá dejado de respirar? ¿Se encontrará bien? Al final, me encuentro a mí mismo levantándome de la cama de un salto y corriendo a la cuna a ver si el niño está bien, si respira. Empiezas a preguntarte si vas a volver a dormir algún día antes de que tu hijo vaya a la universidad.

Para rematar la faena, le dices a tu mujer que te despierte en la primera toma de la noche, que quieres compartirlo. Apenas has dormido 15 minutos y tu mujer te avisa de tan señalado evento. La primera comida nocturna. Te levantas entusiasmado y, después de 15 minutos mirando como un bobo a tu retoño, empiezas a librar una dura lucha con el sueño que, evidentemente, acabas perdiendo. Derrotado, le dices a tu mujer que te vas a la cama.

Por fin consigues dormir, aunque no lo suficiente. Al día siguiente, vas contento al trabajo y con unas hermosas ojeras. Éstas serán tus compañeras de viaje durante unos meses. Eso sí, has logrado sobrevivir a la primera noche.

¿Y qué tal te fue a ti en tu primera noche? Deja tu comentario y compártelo con nosotros.

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