La navidad no sólo es para los niños

En la vida de toda persona podemos distinguir distintas fases perfectamente diferenciadas. Cada una de ellas tiene aspectos positivos y negativos, y en cada una de ellas la Navidad se disfruta de manera diferente.

Empezamos siendo niños. Es la edad de la inocencia, probablemente lo más cerca que nunca estaremos de la felicidad. Tenemos a nuestros padres en un pedestal, lo saben todo, son los mejores, hacen todo lo posible por satisfacer todas nuestras necesidades. Siendo niño disfrutar de la Navidad es realmente sencillo: vacaciones interminables, papá Noel, los Reyes magos, regalos, regalos….

Después viene la adolescencia, una etapa algo más complicada. Nuestros padres se han caído de su pedestal, ya no saben de nada, no nos entienden, son los peores. En esta etapa disfrutar de la Navidad, así como de cualquier otra cosa, se complica: prácticamente todo se reduce a estar con los amigotes y tener a los padres lo más lejos posible.

A continuación la juventud responsable. Los padres ya no están en un pedestal, pero tampoco son lo peor del mundo. Descubrimos que son personas como nosotros, con sus virtudes y sus defectos. Apreciamos su compañía y volvemos a disfrutar de ella otra vez. La Navidad significa reencontrarnos con nuestros mayores y comprobar que ellos también son capaces de disfrutar como nosotros, aunque no sean capaces de aguantarnos el ritmo durante mucho tiempo.

Ya hemos llegado a los 30. Después de años de juergas interminables, todo parece aburrirnos. Las mismas caras, la misma fiesta, todo es lo mismo. A esta edad uno empieza a plantearse seriamente qué es la vida. «Es el momento de tener hijos«, dice una vocecita. Dicho y hecho, con mayor o menor dificultad se emprende el camino de la paternidad. La Navidad, que durante los últimos años había perdido todo su sentido e incluso se había convertido en uno de los períodos más aburridos del año, de repente cobra toda su fuerza. Los padres parecen redescubrir el mundo a través de los inocentes ojos de sus hijos. Es una de las etapas más sacrificadas, pero a la vez más gratificantes en la vida de una persona.

Entre los 40 y los 50 sufrimos en nuestras propias carnes aquello que nosotros mismos sentimos por nuestros padres. La desconexión es total, pero sabemos que es un camino de ida y vuelta, un efecto boomerang. Los hijos inician su camino, es el momento del reencuentro con la pareja. La Navidad se convierte en un momento de reflexión, de echar la mirada atrás y comprobar lo bien o mal que hemos hecho las cosas.

Con los 60 llegan los nietos y nos olvidamos del significado de la palabra “educación”: para eso ya están los padres. La madurez tranquila. La misión del abuelo es disfrutar todo lo posible de sus nietos, y que éstos disfruten lo más posible de ellos… utilizando todas las armas a su alcance. La Navidad es un momento de plenitud, un momento de celebración con toda su familia alrededor.

Sea cual sea tu edad, no es necesario ser niño para disfrutar. ¡¡Feliz navidad!!

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